sábado, diciembre 07, 2013

Después del colegio, no más colegio.

La época del colegio es sin duda, una época resaltable en la vida de todos quienes han pasado por ella. El final de esa época es un acontecimiento esperado y celebrado: la graduación.
El grado es esa fecha que se espera desde que la promoción inmediatamente anterior a uno se gradúa. Uno inicia grado 11 con el deseo de terminarlo sin sentirlo, con pocas ganas de aprender y con una meta genérica y, en ocasiones, única, graduarse.
Los profesores suelen decir que los estudiantes de grado 11 no hacen nada y que se creen los dueños del colegio por el simple hecho de estar en su último año. Y tienen razón. Pero es que así debe ser: uno ha comprado su credencial de permanencia en esa institución, es un cliente estrella, un accionista mayor.
Uno no quiere tener las mismas molestias de los años anteriores en 11 por varias razones: uno ya se conoce a los profesores y sabe cómo mani... llevarlos; uno ya es un veterano en el colegio y se vuelve como los ancianos que no quieren que les den órdenes porque ya pasaron lo que tenían que pasar; y porque nuevas molestias son propias de ese último año, como las pruebas de estado y la decisión de la continuación de la vida académica o laboral, que son suficientes para querer evadir toda molestia previa. Y estas dos nuevas inquietudes son más efectivas que las anteriores para hacer intranquila la vida del pobre estudiante de 11, porque no comprometen solo la vida escolar inmediata, sino gran parte de toda la vida futura. Así que los estudiantes de 11 tienen todo el derecho a no querer hacer nada, creerse los dueños del colegio y contar los días para graduarse.
Pero bien, cuando por fin llega el esperado grado aparece esa cosa detestable llamada ceremonia de graduación. Tal ceremonia es un acto absurda y extremadamente protocolario en el que se reúnen todos los seres ansiosos por adquirir el boleto de libertad del colegio, los docentes, directivos y administrativos encargados de formalizar tal libertad y todos los interesados (o presuntos interesados) en dicho evento de formalización. Se hacen mínimo dos discursos tediosos, con falsos deseos, algunas buenas palabras verdaderas y, ocasionalmente, por qué no, un poco de sarcasmo finamente disimulado. Luego se procede a llamar uno por uno a todos los graduandos y se les ve desfilar para recibir unos papeles y dar besos, abrazos y apretones de manos de formalismo. Honestamente, esa es una fecha importante, pero exageran con tanto ceremonial. El protocolo es aburrido, innecesario y en las galas donde abunda, escasean las palabras sinceras.
En fin, luego de superar el impacto de saber que se deja el colegio, los sentimientos hacia el mismo empiezan a involucrar odio (sí, más). Es decir, mientras se está en el colegio, el odio está: uno se queja mucho, hay muchas cosas y muchas personas que aborrece, pero también hay cosas que le gustan: ver a los amigos, hacer recocha con los amigos, más cosas con los amigos, alguna clase. Sin embargo, cuando uno deja el colegio, se empieza a notar que había más cosas para odiar que no había odiado debidamente antes, como ver materias en las que no se está interesado en lo absoluto, o que le quieran meter ideologías en la cabeza a uno. Y el cambio de un ambiente opresivo y punitivo, a uno más libre (usualmente), hace que sea un poco descabellada la sola idea de volver a soportar tal sistema educativo, y que las cosas que se aman del colegio sean más eventos pasados que características del mismo.
Entonces, uno terminará odiando el colegio indudablemente. Sin embargo, aún siente algún cariño, así sea a causa de las personas conocidas allí, y de vez en cuando extraña estar con los compañeros en uno de esos momentos de grupo que seguramente sí se extrañan. Pero aunque uno tenga buenos recuerdos de la época colegial, está convencido de no querer volver.
Este post es, principalmente, para los que están por graduarse o se graduaron este año, para que entiendan que es posible odiar y amar algo al tiempo, y que en breve lo experimentarán. De todas formas espero que viejos graduados y escolares puedan encontrarlo divertido y acertado, y que los que estén próximos a empezar 11 encuentren una justificación alcahuete y descarada para su actitud de me-vale-mierda-el-colegio.

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